Por su desarrollo cultural, el estado de Sinaloa formó parte de la denominada mesoamérica. Las tribus que lo habitaron —cahíta, acaxee, tahue, xixime y totorame, entre otras— se vieron impactadas con la llegada de los españoles en 1530, quienes, ante la oposición de los naturales reforzaron la conquista con la labor evangelizadora y el establecimiento estratégico de misiones a cargo de frailes jesuitas. En su búsqueda de grandes riquezas, los españoles fundaron, en 1531, San Miguel de Culiacán, y en 1564, la Villa de San Juan Bautista de Carapoa (hoy El Fuerte).
En el siglo XVII, la región vio llegar el desarrollo económico a raíz del descubrimiento de vetas abundantes en oro y plata (ejemplo de ello
fueron los reales mineros de Cosalá y El Rosario), sin embargo, las fricciones entre misioneros y la Corona española —entre otros motivos por la disputa de la mano de obra indígena— devino en la expulsión, en 1767, de la orden religiosa de nuestro país. A ello se sumó la apertura de puertos como el de Mazatlán y Altata, que impulsaron el comercio interior y exterior. Después de proclamarse la independencia de nuestro país (1821), Sonora y Sinaloa se unificaron como el Estado Interno de Occidente (1824), decretándose su separación definitiva en 1831.
La etapa del Porfiriato trajo estabilidad política, inversiones extranjeras, incremento de las vías ferroviarias y la modernización de la agricultura, aunque se acentuaron las desigualdades sociales. El siglo XX arriba con la proclama revolucionaria de Francisco I. Madero (1910) y la posterior promulgación (1917) de la Carta Magna vigente por parte de Venustiano Carranza. Con ello se sentaron las bases que darían certeza al rumbo del país, pues en las décadas siguientes se fortaleció la educación, se erradicó el latifundismo, se impulsó la actividad agropecuaria y se diversificó la economía.